La verdad es que para tener éxito en una empresa, sea cual fuere, hay que aprender a quitarnos a nosotros mismos de nuestro camino. Eso rige tanto para los líderes como para cualquier otro. Debido a que he sabido por años que la persona más difícil de dirigir soy yo mismo, he tomado medidas que me ayuden a hacer eso. Por medio de practicar las cuatro cosas que menciono a continuación, he intentado ser autodirigido como requisito para dirigir a otros:
1.Aprenda a seguir
El obispo Fulton J. Sheen afirmó: «La civilización siempre corre peligro cuando a los que nunca han aprendido a obedecer les es dado el derecho de mandar». Sólo un líder que ha seguido bien sabe cómo dirigir a otros bien. El buen liderazgo exige comprender el mundo en el cual viven sus seguidores. La conexión con su gente es posible porque usted ha caminado en sus pasos; sabe lo que significa estar bajo autoridad y por ello tiene un mejor sentido sobre cómo debe ejercerse. En contraste, los líderes que nunca han seguido bien o que nunca se han sometido a una autoridad tienden a ser orgullosos, poco realistas, rígidos y autocráticos. Si esas palabras describen su estilo de liderazgo, más vale que se examine a sí mismo. Los líderes arrogantes pocas veces son eficientes a la larga. Ellos apartan a sus seguidores, a sus colegas y a sus líderes. Aprenda a someterse al liderazgo de otra persona y a seguir bien, y se convertirá en un líder más humilde, y más eficiente.
2.Desarrolle autodisciplina
Se cuenta que un día Federico el Grande de Prusia caminaba por las afueras de Berlín cuando se topó con un hombre muy anciano que caminaba a paso decidido y directamente en sentido opuesto.
-¿Quién eres? -inquirió Federico de su súbdito.
-Soy un rey -repuso el anciano.
-¡Un rey! -dijo Federico, riéndose-. ¿Y sobre cuál reino reinas?
-Sobre mí mismo -respondió orgullosamente el anciano.
Cada uno de nosotros es «monarca» de su propia vida. Somos responsables de gobernar sobre nuestras acciones y decisiones. Para tomar decisiones coherentemente buenas, tomar la acción correcta cuando sea necesario y refrenarnos de las acciones incorrectas se requiere de carácter y autodisciplina. Hacer lo contrario es perder el control sobre nosotros mismos: decir cosas que luego lamentamos, perder oportunidades que se nos conceden, gastarlo todo hasta quedar endeudados.
Como observó el rey Salomón: «El rico se enseñorea de los pobres, y el que toma prestado es siervo del que presta». En su obra «Decisión de carácter», el ensayista británico John Foster escribe:
«Un hombre sin decisión de carácter nunca puede describirse como dueño de sí mismo. Él le pertenece a todo lo que pudiere hacerle cautivo». Cuando somos necios, deseamos conquistar al mundo. Cuando somos sabios, deseamos conquistarnos a nosotros mismos. Eso empieza cuando hacemos lo que debiéramos hacer, sin importar nuestros sentimientos al respecto.
3. Practique la paciencia
Los líderes que conozco tienden a ser impacientes. Miran hacia delante, piensan por adelantado y buscan adelantarse. Eso puede ser algo bueno. Estar un paso al frente nos hace líderes. Sin embargo, esto también puede ser algo malo. Estar cincuenta pasos al frente puede convertirnos en mártires.
Pocas cosas que valen la pena en la vida nos llegan con rapidez. No existe cosa tal como la grandeza instantánea ni la madurez instantánea. Estamos acostumbrados a la avena instantánea, al café instantáneo y a las palomitas de maíz cocidas en microondas. Pero uno no se convierte en líder de la noche a la mañana. Los líderes tipo microondas no tienen poder para permanecer. El liderazgo se asemeja más a una olla de cocimiento lento. Toma tiempo, pero vale la pena esperar el producto final. Los líderes tienen que recordar que el propósito de dirigir no es cruzar la línea de llegada primero, sino traer a otros consigo al cruzarla. Por ese motivo, es necesario que ellos deliberadamente reduzcan el paso, permanezcan conectados con su gente, recluten a otros para ayudarles a cumplir la visión y los mantengan en marcha. No es posible hacer esto si uno está mucho más adelantado que su gente.
4. Busque rendir cuentas
Las personas que se guían a sí mismas saben un secreto: no pueden confiar en ellas mismas. Los buenos líderes saben que el poder es seductor y comprenden su propia falibilidad. Ser líder y negar esto es ponerse en peligro.
A través de los años he leído acerca de muchos líderes que tuvieron fallas éticas en su liderazgo. ¿Sabe qué cosa tenían en común? Todos pensaban que a ellos nunca les sucedería. Tenían un falso sentido de seguridad. Pensaban que eran incapaces de arruinar sus vidas y las vidas de otros. Aprender esa lección fue algo sumamente serio para mí, porque yo compartía esa misma actitud. Creía que me encontraba por encima de posibilidades semejantes, y eso me asustó. En ese momento tomé dos decisiones. Primero, no confiaré en mí mismo; segundo, me haré responsable ante otra persona que no sea yo. Creo que esas decisiones me han ayudado a mantenerme en el camino correcto y me han permitido dirigirme y dirigir a otros.
No tener a quién rendirle cuentas en la vida personal ciertamente conduce a problemas en la vida pública. Vimos uno y otro ejemplo de ello con presidentes de juntas ejecutivas de empresas muy reconocidos hace varios años. Un proverbio chino dice: «Cuando veas a un buen hombre, piensa en imitarle; cuando veas a un mal hombre, examina tu corazón». Muchos opinan que rendir cuentas es tener disposición a explicar nuestras acciones. Creo que rendir cuentas de modo eficaz empieza mucho antes de tomar acción. Empieza cuando recibimos consejo de otros. En el caso particular de los líderes, esto frecuentemente se desarrolla por etapas:
No queremos consejo.
No nos molesta recibir consejo.
Recibimos el consejo bien.
Buscamos consejo activamente.
Seguimos frecuentemente el consejo que nos ha sido dado.
La disposición de buscar y aceptar consejo es un gran indicador del deseo de rendir cuentas. Si usted ve las posibilidades por anticipado, antes de tomar acción, será menos probable que se desvíe. La mayoría de las acciones indebidas provienen de individuos a quienes no se les exigieron cuentas con suficiente anticipación.
Dirigirse a sí mismo bien significa que usted se rige por una norma más estricta que la de los demás. ¿Por qué? Porque es responsable no sólo por sus propias acciones sino por las de las personas a quienes guía. El liderazgo es una responsabilidad, no es un derecho. Por ese motivo, es necesario que nos «arreglemos» antes que los demás. Siempre hemos de procurar hacer lo correcto, no importa lo mucho que hayamos ascendido ni lo poderosos que seamos. Es una lucha que nunca dejamos atrás. Cuando Harry Truman fue impulsado a la presidencia tras la muerte de Franklin Roosevelt, Sam Rayburn le dio un consejo paternal: «De aquí en adelante vas a tener mucha gente a tu alrededor. Intentarán levantar una pared a tu alrededor para alejarte de todas las ideas, excepto las de ellos. Te dirán que eres un gran hombre, Harry, pero tú y yo sabemos que no lo eres».
Ayer participé en una conferencia telefónica con miembros del consejo de una organización que se vio precisada a intervenir y pedirle cuentas a un líder por unas acciones indebidas que él había cometido. Fue una experiencia triste. Probablemente perderá su posición de liderazgo. Ya ha perdido el respeto de los miembros del consejo. Si tan sólo se hubiera dirigido a sí mismo de modo eficiente primero, las acciones del consejo ahora no serían necesarias. Después de concluida la llamada pensé en mis adentros: Si el líder no se inspecciona a sí mismo, la gente no lo respetará.
Thomas J. Watson, anterior presidente de la junta de IBM, dijo: «Nada demuestra de modo más concluyente la capacidad que tiene un hombre de dirigir a otros que lo que hace día a día para dirigirse a sí mismo». ¡Cuán cierto es esto! El grupo más pequeño al que jamás dirigirá es a usted mismo, pero ese es el más importante. Si eso lo hace bien, entonces se ganará el derecho de dirigir a grupos más numerosos.